
Hubo una temporada en la que me apasionaba apuntarme a cursos, uno tras otro, fuera de lo que fuese, porque me interesaban o por mantenerme ocupada.




Hay que parar y dar una vuelta sobre nosotros mismos. A veces necesitarás un día entero y otras tan solo unos minutos.
Las cosas pasan por tu lado tan deprisa, que las vas cogiendo al vuelo, sin pensar, sin examinarlas, sin ver su belleza o lo podridas que están...
Pero hay que tomar medidas ante este parón... uno de ellos, es que no se prolongue demasiado y que no sea en seco… y otra es que sirva para algo… aunque solo sea para recuperar fuerzas…
Y esto es a lo que me he dedicado este fin de semana, tras unos días muy ajetreados.
Y he llegado a varias conclusiones, ya que desde hacía un tiempo no podía ver las cosas con claridad. Y es que, ya estoy cansada de tener que llevarme bien con todo el mundo, de tener que fingir que estoy cómoda ante determinadas personas, de tener que aguantar feos y malas caras, una tras otra… De tener que seguir considerando “amigos” a gente que no se lo merece…
Y también estoy cansada de sentirme obligada a hacer cosas que no me apetece hacer… de pensar que igual de aquí a un tiempo, me seguirá gustando tanto como antes… pero esas nuevas ganas en vez de aparecer, cada vez están más lejos…
Y sobre todo, estoy exhausta de poner esa buena cara, esa sonrisa que me sale sola, y que por dentro pienso que se está volviendo una costumbre…
No es la primera vez que me siento así, pero sí es la primera que he decidido parar, sentarme para respirar y plantarme.
Debo pensar más en mí, en lo que me apetece hacer y me sale del corazón…
Y así me veo reflejada, en el pirineo, sentada en el suelo en un entorno inmejorable, con los ojos cerrados y respirando hondo el aire fresco. Poniéndome las botas para seguir caminando hacia uno de mis destinos…

"No es necesario ir tan lejos en el futuro, basta con retroceder dos mil años al pasado. ¿Podría llegar a gustarte una guillotina, una horca o una silla eléctrica?
–Ya sé adonde quieres llegar: al peor de todos los suplicios humanos, la cruz. Recuerdo haber leído en Cicerón que era un «castigo abominable», que provocaba sufrimientos horribles antes de que llega- se la muerte. Y, sin embargo, hoy en día la gente la lleva en el pecho, la cuelga en la pared de la habitación, la identifica con un símbolo religio- so; han olvidado que es un instrumento de tortura."
Paulo Cohelo, El Zahir.
